“El espacio vacio”

El espacio vacio

“El espacio vacío”

Tengo un espacio que sobra,
Que lo quiero decorar,
En los demás tengo rosas,
De embriagadoras fragancias,
Hermosas de todas gamas,
Que se pueden admirar.
Suben sus hojas a la ventana,
Acarician el cristal,
Quieren entrar en la casa,
Empujadas por el vendaval,
Que las columpia cual danza,
Con sus notas de cristal,
Golpecitos suaves repiquetean,
Despiertan a mi anciana vecina,
Y abre las hojas de la ventana,
Acomodándose disfruta espumas de la mar,
Comenta que a primera hora,

Piensa siempre entretenida,
Aquel espacio que sobra,
Que semillas se han de plantar,
Cuando contempla la tierra vacía,
Ve que la cubre arena del mar,
Y unas caracolas de nácar que brillan,
Reluciendo
panza al sol cada mañana,

Murmura mala tierra para plantar,

Y en su mecedora queda dormida,

Con su mueca de contrariedad,

Que acaba en una beatífica sonrisa,

Pues al amanecer con la clara del día,

Será feliz con oír un pájaro cantar,

Viendo que la mala tierra,

Puede dar a luz una rosa bella.
Es difícil llegar a recordar,
Rebasando cierta edad,
Quién pintó tanta armonía,
Sintiéndose tan dichosa,
Disfrutando aquella vista,

Quiere dar gracias al pintor,

Que de cosas tan simples crea tanta belleza,

Pero no sabe donde habita,

Como puntualmente cada mañana,
Susurra una canción antigua,
Deja la ventana abierta,
Da unos pasos de vals en unas viejas zapatillas,

Riega las rosas que no prosperan,

Diciendo adiós a las gaviotas que ve pasar,

Ellas planean sobre su cabeza,

Como si la conociesen de toda la vida.  

Corro las cortinas para que no me vea,

Que no sepa que me preocupa su edad.
Después llama a mi puerta,
Hoy me invitó a merendar,

Entre trozos de tarta de frambuesa,
Contaba que la naturaleza,
Decoró la tierra yerta,
Creando una playa de coral,

Donde la inmensidad reina,

Trayéndola la paz espiritual,
El cielo refleja en su cara la claridad,
Como si fuera una pieza marfileña,
Con partitura instrumental.
Decía la anciana contenta,
Que nunca encontró soledad,
Convertía en alegría sus trizas de penas,
Allí donde la tierra brinda,
El poder de restaurar,
Maravillas del poder de la ancianidad.
La ayudé a sentarse en la tumbona.
La puse un beso en su mejilla,
Acaricié sus cabellos de plata,
El silencio pesó por las estanterías,
Los destellos de luna danzaban,
Desterrando la claridad del día,
La manta cubrió su faz arrugada,
Pues plácidamente se quedó dormida,

Ya sueña en su mecedora,

Con esas facciones beatíficas,
Y a la puerta de su casa al alba,
La dejé un saco de semillas.

Mariluz

 

 

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