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En el umbral de la leyenda

En el umbral de la leyenda

Fue en una de las innumerables visitas, que realizaba con harta frecuencia a la comarca de Liébana, pero esta era especial porque iba a entrevistarme con uno de los últimos vaqueros de la zona para un reportaje a una revista extranjera en la que colaboraba difundiendo culturas ancestrales.
Había anochecido, tras una copiosa nevada en los aledaños de los Picos de Europa, conjugándose el desnudo gris del paisaje, con el blanco uniforme de sus cogollos y cortes de picos de Peña Vieja, Coriscao, Peña Prieta, Peña Labra y Peña Sagra, que en el día constituía una hermosa zona verde, orlada en invierno de blanco. El Valle de Liébana, vestida y preparada para recibir los sabrosos ciruelos y almendros en flor. El cielo lo cubría todo de un azul sin mácula, que lo diferenciaba del color de la ciudad Santanderina,
tan dada a las nubecillas y nieblas tan frecuentes, una Cantabria de naturaleza variada para elegir en vacaciones.
Zona de Potes, repartida en 26 kilómetros, en minúsculos valles, rodeados de montañas, de bosques y prados, regados por el Río Deva, señor de los otros ríos, de sus tantos riachuelos.
En pleno Febrero gozábamos de una espléndida mañana, prometedor el sol, presagiando un lucido día.
Ya el pueblo se despertaba con el humo de las chimeneas y el sonido de los campanos, se veía a los labradores recolectar la vendimia de las vides de las que se exprime el exquisito Orujo. el aguardiente blanco cántabro con tantas propiedades medicinales que se le atribuye entre sus gentes, el dulce tostadillo a ser degustado a media mañana, esperando también a ser recogidas las higueras, avellanas, cerezos guindas, ciruelos, peras y manzanas.
Ya las mujerucas dispuestas con sus pañuelos a la cabeza y sus vestidos enlutados las mas, subían a orar a Santo Toribio, o a la ermita de Santa Catalina y otras a San Miguel o la Virgen de la Luz, pues es una comarca con raigambre religiosa, tanto mas cuanto mas son apartados sus lugares.
Entre un ir y venir por entre las callejuelas del pueblo, acabamos en el pueblo de Tama, que enlaza el Desfiladero de la Hermida con Potes, con el Deva que va dominando la curvilínea de tan seductor paisaje. En una pequeña cabaña, entre un cuenco de montañas, divisamos a un abueluco, sentado a la puerta de su cobijo, con su mirada fija en el cielo, sus temblorosas manos entrelazadas, arrugadas por el tiempo, trazadas por la intemperie, era el último individuo de una saga de vaqueros que durante muchos años fueron señores del Puebluco de Andara,
Abuelo que cabía en su memoria la tradición mejor conservada de sus leyendas y costumbres. Nos llegamos a él y después de los saludos, recobró sus energías juveniles y se puso a prepararnos un suculento desayuno, partiendo en trozos una gran hogaza de pan de pueblo, cortando la cezina en finas obleas que las bañaba en un cuenco lleno de aceite y las ponía alineadamente en los platos de barro, se le veía contento con la compañía nuestra, acostumbrado a vivir solo sin nadie con quién hablar, empezó a relatar sus experiencias en sus años mozos que tuvo con la Osa De Andara, mitad mujer mitad osa, aquella que un día , siendo su aspecto agraciado, su trato delicado, de buena y notoria inteligencia, transformose en la mas horrible bestia, su cuerpo se cubrió de abundante y largo vello, en su cara se desfiguraron las facciones, sus ojos volviéronse bizcos, sus manos volviéronse gruesas de increcientes manazas, ambas terrosas y brunas de pigmentación, forzudas y bravas en extremo.
El abueluco seguía su relato con el ceño fruncido mirando a la lejanía.
Se oía contar a los del pueblo, que se alimentaba de animalitos vivos y al devorarlos se relamía de extremo.
Era una mañana cualquiera, hace muchos años, que subía a ordeñar las vacas, a la otra cabaña más arriba, los verdes prados manchados de blanco de escarcha y un frío penetrante se urdía en mis huesos. De pronto entre los arbustos salían terribles rugidos que hicieron temblar mi cuerpo, aquel cuerpo mío curtido, firme, trabajado de sol a sol al duro trabajo del sesgo, madrugado y trasnochado al sereno, allí estaba yo temblando acercándome al matorral y entre un hueco de su espesura, allí estaba la Osa, con sus ojos rojos, desmesuradamente abiertos, sus cabellos ensortijados hasta las rodillas, eran del color del pan cocido, danzando al compás de los movimientos de su horrible cabeza. Repuesto de mi primer encontronazo visual con la bestia, fui bajando lentamente mis ojos por sus brazos y sus piernas de piel de breña, también sus pies tenían un extraño pelaje como púas de un erizo. Su sensibilidad de fiera diríala que yo estaba allí y con la velocidad vertiginosa de un animal, acostumbrado hacer correrías por los apriscos, desapareció por entre la maleza, dejando un hilillo de sangre por rastro quizás de sus pies desnudos, invitándome a seguirla.
Subí el camino hasta la cabaña dando de comer a las vacas que mansas seguían a la espera del pienso y su ordeño, mientras sacaba la leche de sus urbes hinchadas de la abundancia, fui bullendo en mi cabeza el seguir aquel rastro, estudiar aquel fenómeno al que solo en cuentos en las noches al calor de una lumbre había conocido, toda una religión de fé en mis paisanucos.
Eran las ocho de la mañana y el sol empezaba a despertar el día, deshaciendo el color de la escarcha para vestirlo de verde mojado y fresco y a teñir de más blancura la nieve de sus picos. A esa hora seguí el rastro de la Osa.
Ya a mediodía me encontraba en Pico Sierro, que se alza a 2.650 metros sobre el nivel del mar, caía ya el sol de plano y con semejante esfuerzo mis ánimos estaban menguados, me senté sobre una descarpada roca a descansar secando con mi pañuelo las gotas de sudor de la frente, de pronto saltaron a mis ojos una nueva ilusión, otro nuevo rastro a la vista, me hacán presagiar otro encuentro, merodearía la bestia por aquellos alrededores, salté con nuevos brios para seguir en su busca.
La freza (excremento de ganado lanar), que se extendía por todo aquel pico, con numerosos arbustos pero lejos unos de otros, eran la clave, porque según la tradición, la mujer osa tenía su propio rebaño y muy numeroso, robado a hurtadillas a los lugareños en las noches mas frías del año, a las horas más imprevistas y en los rincones mas abyectos y que cada tres o cuatro veranos alguien la había visto esquilarse sus pelambreras igual que a su rebaño, entonces los del pueblo, provistos de grandes palos y piedras, salían a pegarla, ella se esquilaba y recogía como un anacoreta en un establo donde estabulaban las ovejas en Aliva, hasta donde la dejaban de perseguir, ella iba entonces a rebullirse en la oquedad de la Cueva De La Mora, sobre la escarpada ladera de Peña Ventosa, en aquel lugar los comarcanos y abuelos suponían que en el fondo de la cueva la Osa de Andara, tenía su palacio y su necrópolis.
Reanude mi camino por Pico Sierro, prosiguió el abuelo, sentía en el fondo mucha sensación de curiosidad por saber si aquella Osa tendría algún rescoldo de humanidad o alguna que otra virtud de sentimientos humanos, pero todo fue en vano. Caía ya la noche y mis fuerzas de habían abandonado, tanto esfuerzo, tanta caminata y las mil sensaciones del alma me pasaban factura. Busqué un lugar lo más seguro posible y me dispuse a dormir. Hacía un frío de invierno en toda regla, pero el agotamiento me venció y me sumergí en el sopor dulce del sueño, mientras que volaban cientos de imágenes, hojas del sueño y palabras escuchadas a mis abuelos, en otros inviernos, al calor de aquellos fuegos caseros, iba rememorando al “Trasgo” huésped de los hogares campesinos, de forma humana muy velludo a veces le narraban con dos cuernecillos y un diminuto apéndice caudal, se le oía murmurar por las noches, mientras otros le describían como mudo y lo asocié a la Osa en mi sueño, como marido perfecto en la boda lujuriosa de sangre y cupulación, alrededor cientos de animalillos devorados, que saltaban y brincaban sin cabeza, alrededor de una tarta de carne y fresas. Despertando el •Trasgo” a la novia, con animalitos sangrantes que iban cayendo a los pies velludos y erizados de la Osa, dispuestos al banquete del desayuno en aquella noche devoradora de placeres nauseabundos para cualquier mortal mínimamente normal. Convidado de honor para la comida “El Pentirujo” que había venido especialmente a la ceremonia donde sus dominios estaban en los Ríos Saja y Besaya, este duendecillo redrojo, como un emboque, con su boinuca de lado, un rabo inhiesto y muy parvo físicamente, este en vez de traer animalillos, se decidió por excitar a las mozas que pillaba a cada paso en su camino a la boda y con un enorme ramo de mandrágoras, que con su narcótico las adormecía, se benefició a mas de dos mozucas. Entonces en mi sueño empecé a visualizar las más bellas muchachas del entorno con sus panderetas danzando sinuosamente para mí. Así fue y así pasó mi primera noche detrás de la Osa de Andara.
Ya el sol volvía a lucir cuando desperté aterido de frío, y al verlo pensé: Otro gran día me espera, me levanté y cual no sería mi sorpresa, al encontrarme trasladado de lugar. Supuse que sería obra de encantamiento, de alguna anjana de Fuente Dé, allá donde nace el río Deva, alguna de ellas malignas, antes de la reforma del Buda, pues después las anjanas volviéronse benignas y de buenos oficios, así como los Devas que también los volvieron seres legendarios y buenos, pero ¿y si alguna quedaba y me había mudado de lugar valiéndose de mi sueño? Eran muchos kilómetros era inconcebible, empecé a creer a pies jutillas en poderes y sortilegios en noches de luna y fuego, en brujas. ¿Había sido algo sobrenatural? Me hallaba en las cavernas de Ujo, por la parte de la Hermida, ahí comprendí que era el refugio de la bestia, al hallarse en la entrada de la cueva, pieles, una batea o dornajo para la leche, un cuchillo o cachicuerno, un jubón sobre la roca demasiado pulido y recosido, un refajo reviejo, eran los utensilios en un primer vistazo. La soledad estaba allí, me asustó y salí huyendo, mi futuro era incierto, aun no conocía las reacciones, por lo cual yo estaba en aquel paraje. ¿Qué pretendería de mí la Osa al encontrarnos?. Mil interrogantes acudieron a mí en tropel y mi sentido defensivo saltó en alerta. Reconocía el lugar de aquel paraje, como hombre nacido en aquellas tierras y haber trillado sus entrañas en muchas correrías y excursiones en base de echarle muchos días y horas.
Busqué un lugar en el cual poder vigilar la entrada a la cueva y así dar respuestas a mis preguntas, quedando libre de leyendas y fantasías.
Para que la buena muerte no acompañase a mi aventura, era obvio que debería coger algún amuleto o símbolo para ahuyentar, los mil peligros a los que estaba expuesto, recordé a mi abuela que después de laborar en el campo, sentábase a la puerta de su cabaña haciendo punto, mientras los pequeñuelos acudíamos alrededor de ella para que nos contase sus ciencias campesinas, una de ellas la que mas me impresionó, porque yo mismo pude comprobarlo en más de una ocasión, fuera la de los huevos, para que estos no saliesen hueros cuando los empollaba la gallina, ponía una herradura debajo del nido, hoy mis vecinos ponen una cruz o aspa con dos varillas de hierro para el menester. ¿Dónde encontraría yo estos objetos, en este paraje solitario? Porque ramas las había en abundancia, pero hierro a kilómetros podía encontrarlo. Deseché esta idea porque seguro tampoco encontraría los huevos. Tenía que seguir recordando rápidamente algún antídoto de encantamiento, sentía un miedo espantoso a estas leyendas, estaba ya bastante sensibilizado de mágicos poderes. Recordé aquel vecino que en un día de cumpleaños de mi abuela, vino a visitarnos desde el Valle De Iguña, aunque nacido en Liébana, se casó con una Valdiguñesa, afincó su vida junto a ella y el lugar, una noche nos contó lo del enanuco, embrión de Efebo, que tocaba el bígaro con cien diapasones distintos, era mas villano que el “Tentirujo” a quién superaba en diacolismo y que moraba en una fuente llamada “Lindalasheras” embelleciendo con sus trinos plañideros el lugar, entonces las mozucas y los sarrajuanes iban a su encuentro atraídos por los extraños sones, entonces se aparecía a las parejas que le daban de sus meriendas un trozo de cecina con un pedazuco de borona, el a cambio les daba agua de la fuente, algunas parejas lo rehusaban, recordando de sus mayores las advertencias, pero otros lo aceptaban, estos que lo bebían el paisaje desaparecía de su vista y veían miles de sapos y escorpiones a su alrededor y el agua de la fuente se volvía corrompida, fétida a mas no poder y el diablillo daba gritos plañideros, por eso las gentes del lugar cantaban:
A probar a probar por un ser besarte,
Tú sabrás lo que es caneluca de la fina,
Tomar esta sosiega que es el agua que da la vida.
Después que la pareja estaba muerta de miedo, daba varias vueltas, tres agudos silbidos con el bígaro y desaparecía entre la maleza, por eso las mujerucas cantan:
Cuando los enamoraos,
Valláis a Lindaslasheras,
Así con el silbido del cárabo,
Oís sullar a la nuética,
No beber el agua a morro,
Que de noche la envenena,
El enanuco maldito,
Que recuerda la leyenda.
Con tanto canto poético, me había quedado traspuesto, cuando oí un romper de ramas, un andar despacio, una respiración acercarse y un salto del corazón a la garganta, cuando unos rizos dorados columpiándose al viento y una cara bien conocida, me dio un respiro, era un pastor, natural de Cosgalla, donde las desmelenadas sendas se precipitan al Valle de Liébana, Chema de nombre y por señas domiciliarias Valdebaró, Pesaguero y Cereceda, rincones donde solía vérsele, tomando un tinto con los amigos del pueblo, después de haber peleado con el ganado y de haber estado días enteros, sin mas compañía quizás que de un perro, quién era confidente de sus habladurías escuchándolas pacientemente, sin entender apenas nada, pero como todo buen perro que salvando la apariencia del entendimiento entre dos seres solitarios en la inmensidad del paraje, imaginaba que le entendía en sus peroratas y quedaba satisfecho de su interlocutor.
Se quedó sorprendido el vecino al verme de esta guisa, con mi cara de espanto y con una sandez expresiva, que si no hubiera reaccionado a tiempo, hubiérame tomado por loco, de haber perdido totalmente el juicio.
Nuestra conversación fue la que cuento,
Chema: A los buenos días, ¿Que se hace?
Rotufo: ¿Pues que he de hacer? Esperando a la Osa.
Chema: ¿A que Osa te refieres?
Rotufo: A la de Andara.
Chema: ¿La viste?
Rotufo: Pues claro.
Chema: ¿Para aquí?
Rotufo: A ver.
Chema: Pues vayámonos arreando, que es de cuidadín esa.
Rotufo: A la paz de Dios vete, que yo me quedo.
Chema: Andando voy, Rotufo que Dios te proteja.
Otra vez el silencio del entorno lo envolvió y el hambre que apretaba y como señor imperioso y dominante, se aventuró a entrar en la cueva, echando mano al dornajo de leche, castañas, raíces y maíz crudo, lo envolví cuidadosamente y lo trasladé hasta mi observatorio entre las ramas, empezando la trituración hasta su total desaparición engullido en mi estómago, era bastante para quedar satisfecho por el momento y di rienda suelta a los recuerdos, en palabras, en imágenes grabadas en mi infancia. ¡!OH!! Extraños sortilegios los de mi imaginación, ahora habíanse mudado al pueblo de Silió, donde a esa hora y en aquel hermoso paisaje de fértiles cultivos y también de salpicadas partes yertas, se libraban batallas de los “Cuines” enanucos de la virtud y el orden “Ángeles de la guarda de los niños” peleaban, daban saltitos con extrema agilidad, mientras emitían balidos, gesticulaban y gruñían como los cerdos y la Osa en medio de ellos, con su gran corpachón y su melena de ébano al viento aquí y allá, no daba abasto apartar a manotazos a tan ágiles duendecillos enanucos, acabando por salir en retirada presurosa y como volando de la aldea, hasta su natal cueva, sin olvidar de llevar consigo en el viento a mi persona, a la cual lanzaba centelleantes miradas de llamaradas que salían de sus ojos, que quebraban a mi rostro bañado del sudor del miedo, la ira y la impotencia, con la sensación de un quemor infinito de su copular de bestia.
Dí un sobresalto en mi ensueño, en lo que se estaba convirtiendo en una pesadilla, decidiendo que para tan ardua tarea de observarla era necesario equiparme de cosas necesarias y abundante viandas y como no, un bloc para anotar mis observaciones hasta las mas innecesarias sobre la bestia humana.
Emplee la tarde en bajar al pueblo y en mi cabaña recogí ropa, una manta, comida, azafrán y pan rallado para que los espíritus apartasen de mi el mal, cogiendo de un armario un paquetito envuelto en seda verde atado con cinta rosa, que fue legado de mi abuela, el cual paquete contenía la yerbuca de San Juan, usada como antídoto de bebedizos y que inmuniza contra encantamientos a los que intentan enajenar la voluntad, embotando los sentidos. Con todo mi equipaje en la puerta, me dispuse a echar un sueño, antes de partir a volver hacer pierna. Al despertar el alba salí a dar recado a mi hermana de mi partida por unos cuantas jornadas y díjela que cuidara en ese tiempo de las vacas hasta mi regreso. Ella como todas las mujerucas de mi pueblo, devota y realmente religiosa, se santiguó cerrando tras de sí la puerta con dos lágrimas que resbalaron al darme un besuco en mis frías mejillas, su cara mojada lozana estaba en rictus llena de congoja, Yo la grite !HE DE VOLVER HERMANA! es lo mas duro de la partida emprendida que me acompañó en mi marcha.
Volví por las rocas escarpadas, evitando el sendero para hacerlo mas rápido, pero aún fueron largas horas de asenso, en mis manos asía cuchillos de ribetes afilados. Ya divisaba la cumbre, ya olía a hierba fresca, ya estaba llegando a la cueva de la Osa De Andara, y mis manos con un hilillo de sangre al cortarme con los filos, me dolía dando su queja herida, unos trozos del pantalón colgaban al haberse echo jirones entre unas rocas y una sequedad en la boca, con unos latidos rápidos en mi pecho, llegué al final del camino.
Era mediodía en invierno, de esos días que se esconde el sol para dar paso a un día ceniciento, muy frecuentes estos cambios por estas tierrucas, notándose mas al estar arriba de las cumbres y cubrirnos las espesas nieblas, el plomizo parece adentrarnos mas en los huesos y si no hubiera sido por el esfuerzo de la caminata, estaría aterido por la humedad. Cerrazón de bruma en los agrestes Picos de Europa, como un manto de escarcha tupida, cerré los ojos al paisaje circundante de rebujales y barbéchales en un abertal y el canto de los pajarucos solo por compañía, daba un aspecto de soledades infinitas como si fuera yo el único habitante de la tierra. Quizás fue el canto alegre de las aves que parecían melodías del Ravel lo que hizo de aquella inmensidad, sentirme cómodo y tranquilo otra vez.
Atrás y lejos quedaba el pueblo supersticioso, laborando los hombres el orujo, lavando en sus ríos las mujerucas, partiendo leña los hijos y los perros ladrando alegres o cantando con otros sonidos sus quejidos por estar amarrados.
Puse mis pertenencias en el currucal y me interné por las montañas, dando un largo y despacioso paseo, de regreso volvía a caer la tarde y dispuse de un gran fuego para calentarme y ahuyentar los lobos u otras alimañas, con trocitos de los cirios que comentaban las mujeres en misa que eran benditos y lo espíritus malignos desaparecían al verlos, los distribuí por dentro del aposento, creía que así la Osa no penetraría en mi escondite; durante toda aquella noche dormí bien a pierna suelta.
En una olla de espita, puse a calentar leche, junto a la manteca que se deshacía para mis guiso del mediodía, a lo lejos venía el eco de los bolos, al rodar por el cielo, marcaba las siete de la mañana en mi reloj pero podrían ser las siete de la tarde por el negro manto de las nubes presagiando un aguacero tremendo, era igual, todo sería del color negro, negro el espacio, negro el miedo, mas negro aún si no aparecía la Osa, coloqué en el fuego el gran travesero grueso que vi tirado afuera morando sus astillas en la intemperie, pensé que podría ser un arma contra la fiera en caso de ponerse la cosa mal, me colgué al cuello un amuleto contra el mal, alejando la enfermedad de mí durante los días que iba a permanecer al acecho, me entretuve algún tiempo en disponerlo todo de la forma mas cómoda posible, avivando el fuego pues mis mayores decían:
Si se apaga el travesero,
Habrá enfermedad en Enero.
Por nada del mundo quería estar enfermo al poder absoluto de la Osa, después de la aventura tendría que pelear con las vacas, allá con las uvas y pagando el favor a mi hermana en forma de ayuda, quitándola algunos días el trabajo pesado, cuando era niña no gozaba de buena salud, la tuvimos que pasar entre dos amigos, mozos templados del pueblo por el agujero de un roble curvado en tanto daban las doce, como mandan los cánones de las antiguas tradiciones, los mozos tienen que pasar a la enferma por el agujero tres veces, entre el primero y el segundo toque de campana, mientras se dice:
Dámela Bautista, tómala Bautista. Lo de Bautista venía a cuento, pues los tres tienen que llamarse Juan, por lo de Juan El Bautista, en el pueblo lo sabían muy pocos, aparte de nuestros respectivos padres, se contaba que si se enteraba mucha gente se podrían enterar los espíritus malignos y echaban abajo la curación, esta práctica se hacía a los niños herniados, pero a mi hermana la llevaron para tener en su cuerpo débil mas energías, hubo un mes que casi rozó la muerte, más después de aquella práctica partimos del monte hacia el pueblo, con la niñuca tapadita arrebujada con la manta, pues no fuera cosa de Lémures y larvas de escuálidos, entecos y ensabanados dotados de actividades maléficas llevasen a la niña atormentarla, como las maquinaciones del escritor Dostoyrvshy, justo en ese momento se movió una rama, espantados gritamos: ¡! Bisarra!! Así se les llama en la comarca a las visiones quiméricas. Un aullido de lobo nos hizo apretar aún mas el paso pues podrían ser las riadas encalabrinadas de las almas en pena que guían con horribles pesadillas, transformando su voz en lobo para hacer su presencia más sepulcral posible.
¡Pero no! Ahí venia aullando la fiera, dirigiéndose hacia mi, no la detiene el fuego, sus ojos ensangrentados me miran fijos y desafiantes, está claro que no quiere que me entrometa en su vida, quiere seguir siendo un mito de las leyendas. ¡Es horrible, viene despacio! sin mover un solo músculo de su descomunal cuerpo, se va acercando, ya la tengo encima, igual a un huracán que apaga el fuego, utensilios al aire y mi cuerpo arriba y abajo, zarandeado, golpeado, me duelen los huesos. Y desde algún momento no supe mas, una cortina de suave seda, se interpuso a mis sufrimientos, no veía, no sentía ya. Paz, calma y sosiego.
Me desperté junto al Río Deva a la orilluca del desfiladero de la Hermida, reposaba mi cabeza encima de la mochila y todas mis pertenencias me rodeaban, quise moverme y era imposible, allí comprendí que también era humana, pensaba, sentía, solo ella podía haberlo dispuesto, de modo que yo no pereciera aún, pero de seguro……lo que pudo pasar……lo que realmente vi.…..lo guardo solo para mi. Nos despedimos del abuelo y esa noche tuve miedo.
Mariluz Díez Salviejo

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