Así fue Alondra


Te llamaron Alondra,
Al llegar a la vida,
Viendo tu piel de nácar,
Tus ojos de lágrimas,
Igual que las aguas claras,
Lucen en las cascadas y brillan,
Las manitas muy inquietas moradas,
Aferrándose al manantial,
Que su madre entre almohadas
Intentara alimentar con vida.
Alondra iba creciendo hermosa,
Entre madreselvas y brisas,
Con talle de espiga erguida,
De cabellos hasta la cintura,
Que al caudal del sol relucían,
Piel de seda blanca que el sol besaba,
En su carne desnuda a la brisa,
Cuando al lado de unas piedras,
A la orilla de un mar con gaviotas,
Escribía sus sueños en los que creía,
Su inteligencia discernía innata,
Aunque a la escuela no asistía,
Deseaba abrirse a la paz de la tierra,
De un país de semillas de bombas,
Cosecha diaria regada en las sombras,
Que pisadas equivocadas estallarían,
Alondra pensaba que lo transformaría,
Sintiendo ser la guerrera vencedora,
Liberando a la mujer oprimida,
Que en aquella tierra amordazaba,
La libertad coartada y destruida.
Escribía oratorias que luego rompía,
Sus letras diseminadas por la orilla,
Las espumas navegaban y las perdían,
Después de besar las aguas sus piernas,
Dejando sus huellas talladas arenosas,
Al par que su cintura garbosa,
En la espesura de la selva se desvanecía,
Para adentrarse entre las zarzas,
Por verigüetos de batallas,
Y los silbidos de escopetas cantarinas,
Quedaban sus esperanzas en cenizas,
Al ver maltrecho al indígena,
Lloraba de dolor e impotencia,
Por tantas vidas perdidas,
Alondra les acariciaba acurrucada,
Al lado del que pronto partiría,
Susurraba sus ideas entusiastas,
Que la herencia de su sangre zanjaría,
Su lucha no quedaría abandonada,
La sinrazón del poder y riquezas,
De unos cuantos pronto acabaría,
Y se iban con sonrisas hermosas,
Pensando que su patria germinaría,
Como brota el trigo en las cosechas,
Despojando el hambre y las carencias,
Que mordían por vida en la aldea.
Más una bala entre troncos descuidada,
Quebró un día su piel de nácar,
Tiñendo de sangre su melena,
Mojó otro cuerpo su desnudez altiva,
De los que nunca tuvieron cobardía,
Fundiéndose dos sangres que volaban,
A un lugar que se encontrarían,
Alondra extendió sus alas de gaviota,
Con una maleta llena de pureza,
Provista de nobles ideas malogradas,
Que no la dejaron poner en marcha,
Y cuando sus manos alcanzaban las estrellas,
Muchas manos se alzaron muy arriba,
De una madre sin tiempo de amarla,
Y aquel muchacho que la quería,
Del niño que jugaba con ella en la playa,
Un recio indígena con lágrimas,
Que en su vida rezó, estaba de rodillas.
Todos en la aldea pusieron ofrendas,
De caracolas y rosas hermosas,
No poseían mas nada en su partida,
Que su recuerdo tatuado en flamas,
Bandera del pobre que siempre permanecería.

Mariluz

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